Relato: Una sonrisa, por favor

 

Se conocieron justo a tiempo para tomar el uno del otro lo que necesitaban.

José tiene el pelo blanco pero abundante, es alto, bien parecido y suele llevar trajes grises y corbatas bien combinadas. Tiene buen gusto porque sus zapatos y calcetines son del mismo color, algo que no suelen entender los hombres.

 Trabaja como ejecutivo en una multinacional de tecnología. Tiene plaza de garaje en el Centro de Madrid, pero le gusta el tren. Le relaja el trayecto por el monte de El Pardo. A veces utiliza el coche, pero suele utilizarlo Erika, su mujer, que es decoradora de marcas de lujo y tiene su propia empresa que funciona muy bien, inesperadamente mejor en esta etapa de crisis.

El regreso a casa es lo que más desea. A veces se sorprende evitando una cena de negocios o acelerando el final de una reunión. Y lo que más llama la atención es que últimamente sonríe muy a menudo, como antes. Hoy especialmente.

 Erika es tranquila, creativa y soñadora. Le apasiona la casa. Lleva muchos años en España, le gusta su trabajo y siempre tiene en la cabeza ideas innovadoras para un decorado, un escaparate o un nuevo diseño. Es atrevida y rompedora. Una vez que salió a cenar con sus clientas de la casa Montblanc en Barcelona y olvidó sus joyas, se colocó su cinturón alrededor del cuello. Fue divertido y sorprendente y muy celebrado.

Su casa es un lugar que se renueva, se adorna especialmente para Navidad, verano y Pascua, una costumbre nórdica. Todo tiene importancia. El recibidor; la escalera, las cortinas, las revistas o el perfume en los baños, los cuadros, el pequeño jardín con sus farolillos de colores. Todo en apariencia sencillo pero cuidado bajo su atenta mirada. Los detalles están cuidados y son graciosos, a veces inesperados, lo que da pié a pensar que ella es esa parte de la pareja que mantiene el buen humor. En el salón, por ejemplo, tienen una escultura oriental dorada, de tamaño natural, recuerdo de uno de sus viajes a la India, que la ha adornado con un sombrero de paja, recuerdo de otro a Andalucía. Un estilo peculiar.

Pero lo que le ha producido un cambio radical en su vida es conocer a José, volcar en él toda su ternura reservada durante cuarenta años y asumir el gran cariño que le descubrió. Ella dice que le “tiró todo un tejado” para expresar que cuando se conocieron José hizo mucho más que tirarle los tejos y ella le correspondió con una dedicación y un amor absolutamente total, maternal y protector.

Cuando regresa José, después de diez o doce horas de trabajo, lo primero es el abrazo del niño que le abre la puerta y se le tira literalmente al cuello y luego la mirada a su mujer para calibrar cómo le ha ido el día. Deja la chaqueta en el perchero del recibidor, se quita los zapatos y entra en su cocina luminosa y acogedora.  Allí hablan, comentan las cosas y se preparan para compartir el pan de cada noche.

Aunque es un hombre maduro de casi cincuenta años, le ha supuesto un gran esfuerzo adaptarse al nuevo miembro de la familia. ¡Estaban tan bien solos! Los encuentros después de sus compromisos laborales y viajes eran divertidos y apasionados pero con el niño se ha impuesto un cierto orden y cambios en las costumbres. Se acabó la vida nocturna y levantarse a media mañana, se acabó estar centrado en el otro pero sobre todo, que él, tan cuidadoso con sus cosas, tan ordenado y atento, tan acaparador, ha dejado de ser el centro de atención de Erika, siente que ha dejado de ser su pequeño cachorro enamorado.

Se resistió mucho a ser padre y realmente no era esto lo que esperaba. Los primeros meses fueron un horror. El niño lloraba, enfermaba, no sabían lo que tenía, pero lo peor es que ella estaba agotada. Y él enfadado con la vida. Nunca se había sentido tan cansado, irritable, frustrado y culpable al mismo tiempo al ver a su mujer consumida por el esfuerzo de la crianza. Tener que cuidar de ella se le antojaba una tarea de titanes porque siempre había sido él el centro de atención y de todos los cuidados.

Ya han pasado tres años espantosos de ojeras y reproches, de preocupaciones y adaptación al nuevo escenario y ahora empieza a disfrutar por fin de su vida.

El ha empezado a cuidar la casa y acompañar a Erika en sus cambios, en el bricolaje y las creaciones de rincones especiales que tanto conocen los nórdicos gracias a todo el tiempo que pasan en sus casas en el largo invierno.

Sus lugares preferidos son la cocina y el espacio que ocupa la alfombra en el salón. La cocina la han diseñado con ordenador, los espacios se renuevan con la incorporación de un mueble bar para una cerveza o un lambrusco, roban metros de la terraza cubierta, muebles nuevos siempre blancos y toques de color en techo y pared, todo muy discreto pero gracioso. Cocina disfrutada y sufrida. Pareja madura sola y ahora tres. Había que hacerle sitio al hijo. Sigue siendo su lugar preferido y por eso lo han ampliado para seguir encontrándose allí, mientras el niño juega o les ayuda en la preparación de la cena y todos hablan de su día. Ahí se van guisando los acuerdos y los proyectos de futuro.

Pero lo que realmente le deja la sonrisa son las sorpresas de Charlotte. El nunca lo sabe, pero lo espera, porque ella no se permite el aburrimiento ni el desánimo.

Si ese fuera el ambiente, se escaparía corriendo y hay que reconocer que tiene mucho aguante porque él no es una persona divertida. Es demasiado exigente consigo mismo y con los demás, demasiado perfeccionista y puntilloso. Le resulta fácil ponerse de mal humor. A veces no habla, le molesta sacar la basura, refunfuña. Entonces ella le dice, José, si prefieres estar solo, me voy con el niño de paseo y mientras, a ver si consigues animarte un poco. Tienes que desconectar. La vida es más importante que un trabajo o que el dinero. Afectará a tu salud y a nuestra felicidad. Y queremos una sonrisa cada día.

Hay días en que ella se demora después de acostar al niño y ayer bajó las escaleras disfrazada de geisha, con su quimono de flores, la cara blanca y los labios rojos, con los ojos y las cejas perfiladas con lápiz negro y un abanico tapándole el escote.

Se acercó a él, le llevó a la alfombra del salón y, sentados en el suelo, escucharon música japonesa mientras ella le contaba un cuento. Después le escuchó, con sus mil orejas, desgranando las últimas tensiones del día alrededor de una copa de vino, escuchando y sonriendo para crear un momento feliz para los dos, como cuando estaban solos y no eran padres pero él era su niño y los dos estaban enamorados.

El sonríe cuando se acuerda, en el tren, en el trabajo o con la gente y ella nunca fue tan feliz como ahora, a los cuarenta y seis, con su niño natural y su niño amante.

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