Viajes: Cementerio del Bosque, Estocolmo

 

Elegí viajar con mis hijos a Estocolmo porque me pareció una ciudad ideal para las personas, para pasear, preciosa y situada en un entorno privilegiado. Construida sobre 14 islas, unidas por medio centenar de puentes, Estocolmo es una ciudad de colores. Ya conocía la ciudad y algunos pueblos costeros y pensé que era la mejor opción para disfrutar con ellos. Era verano y tenía muchos planes para esos días. No se me ocurrió que una elección posible fuera el cementerio. Mi hija eligió ese destino y fue una magnífica elección. Nada menos que el cementerio de El Bosque, Skogskyrkegarden, construido en 1915 y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994 por la Unesco.  El cementerio lo forman un conjunto de claros, bosque, caminos y edificios bajos que completan otros espacios destinados al reposo eterno. Cien hectáreas de gran  belleza que nos cautivaron desde que traspasamos sus muros….Una sensación de atemporalidad y calma se apoderan de ti desde el primer paso; campos de pequeñas lápidas verticales o pequeñas cruces de piedra no se sabe de qué época, sembradas en un suelo verdeen nuestra visita, aunque imagino que blanco, en otra estación del año. Algunos colores de pequeños macizos de flores y los magníficos árboles: pinares y abetos centenarios. Un espacio para deambular sin rumbo.

Paseo junto a mis hijos sin prisas con el sol tibio de la tarde y el silencio de este lugar. Tratamos de descubrir la tumba de Greta Garbo sin éxito. Tampoco nos empeñamos mucho. Leemos fechas, nombres, admiramos los colores de las flores, descansamos en pequeños bancos dispersos o sillas dispuestas aquí y allá. Como dijo el arquitecto Bruno Zovi, “el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo”.

Y en ese recorrido descubrimos nuestra admiración compartida por esa obra, nuestro respeto por algo tan acogedor, triste pero cercano, la inteligencia de estos arquitectos, paisajistas y políticos capaces de una obra como ésta. Dos jóvenes ganaron el concurso público: Erik Gunnar, treintañero y Sigurd Lewerentz. Ambos reposan allí.

El paseo nos lleva a las siete fuentes (de la vida), a la capilla de la resurrección, a colina de la meditación. Antes de subir, vemos a dos sacerdotes budistas sentados en el césped con sus túnicas naranjas en modo de oración. Cuando subes, te rodean doce olmos, los doce meses del año, las doce horas del día y de la noche.

Aquí recuerdas a los seres queridos o admirados cuando su cuerpo y su espíritu estaban unidos.  Su cuerpo y su “ba” que decían los egipcios. Desde este espacio tranquilo, agradeces que la eternidad pueda esperar.

Regresamos por un camino de plantas silvestres hacia el metro que te acerca al centro de la ciudad. En su momento, este fue un lugar pensado para preservar una zona de pinares del avance de la civilización. Fue una gran elección. Un lugar de reposo para los que se fueron y de recuerdo para los que siguen aquí.

 

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