Relato: Viajaba en tren

 

Todas las mañanas, desde el andén número cinco de la Estación de Las Rozas veía a lo lejos las cuatro torres de Chamartin. En apenas treinta minutos me situaba frente a ellas y a veces les hacía fotos, porque siempre se mostraban diferentes, según la hora y el impacto de la luz.

Este recorrido de media hora era el espacio para conectar conmigo misma y disfrutar. Cada día era un viaje diferente, cada día tenía una emoción distinta. Es así desde que empecé a trabajar, hace ya treinta años.

Ese es el encanto del tren, una atracción que comparto con mi hijo adolescente, aunque de otra manera.  Desde que era pequeño, pasaba horas con su padre en las estaciones viéndolos pasar. Creo que sabe más de tipos de locomotoras y modelos de trenes que la propia Renfe. Ese entusiasmo suyo me animaba a proponerle que eligiera la rama de ciencias, para que pudiera convertirse en un Ingeniero, pero él siempre se reía de mí y me contestaba que lo suyo era el arte. Una mala elección para una vida estable, en mi opinión.

Es primavera, el campo estará cubierto de colores: malvas, amapolas, manzanillas y dientes de león, una explosión de flores silvestres tapizadas sobre la hierba. El paisaje está lleno de vida. Puedo imaginar el vuelo de los milanos, los ciervos  y jabalíes entre las encinas o bebiendo de los riachuelos que atraviesan El Pardo.

Me doy cuenta que añoro al grupito que cantaba canciones chilenas con su guitarra y su flauta de Pan porque le ponían mucha pasión y mensaje; También recuerdo con algo de pesadumbre a las víctimas del paro con su discurso lacrimógeno, cada vez mejor elaborado o la joven desdentada, pidiendo dinero para un bocadillo, no para alcohol, mientras se retorcía las manos ante nuestra mirada incrédula. A las jovencitas repantingadas y descaradas con sus móviles en marcha, a los lectores empedernidos, a los bellos durmientes al tanto de la estación apropiada como si llevaran el despertador incorporado en su cabeza.

Me gustaba coincidir con algunas compañeras de trabajo. Siempre había ocasión para charlar de nuestras cosas, criticar alguna decisión de la empresa o del jefe, reírnos de los chismes de la más graciosa, comentar las novedades de películas, canciones o de los libros que nos gustaba leer. A veces se desahogaban sobre los problemas con los hijos, sus rebeldías y agresiones. Algo que yo no comprendía muy bien porque el mío era dócil y prudente, a pesar de haber sufrido nuestra separación, hace ahora cinco años. Fue tremendo para mí, a los cuarenta y cinco años y con un chico pre adolescente, que lloró a mares y se negó a ver a su padre durante mucho tiempo.

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Esos momentos de viaje eran para mí una válvula de escape y una manera alegre de empezar el día sabiendo que todos estaban en sus tareas.

Hasta hace dos meses viajaba todos los días en tren. Recuerdo perfectamente mi último día de ingenua placidez.

Una  chica joven que viaja enfrente de mí estaba leyendo el diario gratuito “20 minutos” que siempre tiene tanto éxito entre los viajeros. Pude leer con disimulo la contraportada:

“Agentes de la Guardia Civil tratan de localizar a un grupo de grafiteros que, en la madrugada de ayer, asaltaron la estación de Chamartín y pintaron varios vagones.” La policía local trata de identificar la firma característica. Los daños ocasionados por los vándalos sólo en limpieza, ascienden a más de 10.000 euros.”

Si lees los periódicos llegas enseguida a la conclusión de que el mundo está lleno de gente que se salta las normas. Pero cuando paseas por la calle ¿cuántas de estas cosas ves en realidad? ¿Dónde están todos esos atracos y accidentes? Son noticia porque no son muy habituales. Eso es lo que pensé al leer la noticia y también que, afortunadamente, eso no había pasado en el tren en el que viajaba, que estaba nuevo y reluciente. Era la línea que va a Sol y a mí me solucionaba la vida este trayecto directo al corazón de Madrid, sin coches ni atascos.loco-1897635_960_720

Pero entonces recibí una llamada al móvil. Era mi hijo y con cierta precipitación me dijo que no me preocupara y que estaba bien. Las palabras adecuadas para una taquicardia. Y entonces, con los nervios de punta, escuché al otro lado la voz de un policía.

-Buenos días señora, – dijo con educación y cautela- lamento comunicarle que su hijo está en Comisaría. Escuché algo que le relacionaba con las pintadas del tren de Chamartín. Y concluyó con un “Le ruego pase por aquí lo antes posible”.

Me quedé helada, atónita, muda de sorpresa. Al colgar me subió un calor enojado que me mantuvo al borde de un ataque, con un grito ahogado y doloroso.

Soy la madre avergonzada de un grafitero. Esa es la verdad. Nuestro abogado me recomienda que no cuente nada sobre este asunto pero de algún modo tengo que darle salida a mi ansiedad. Vamos a tener que pagar una multa y debo sentirme agradecida porque tengo  la suerte de que al ser mi hijo menor de edad, se le ha dado la oportunidad de la mediación. Si la rechazara, tendría que enfrentarse a un juicio penal.

He puesto rejas en la habitación que da acceso a la calle, como si esto pudiera impedir nuevos desastres y  todavía no consigo convencerme de que esto sea algo que se cure con la edad. Su padre se lo toma con humor. Yo todavía no puedo. Tampoco sé cuánto tiempo me costará olvidar esta asociación dolorosa con  mis amados viajes en tren, tan reparadores para mí hasta hace dos meses.

Después de llorar y discutir y pensar y tratar de mitigar mi ansiedad, voy consolándome con la idea de que es cosa de jóvenes, que su temperamento artístico y rebelde se impone, que un día llegará  en que no le baste con pintarrajear paredes o trenes para sentirse diferente. Ese día se hará conquistador, padre, trabajador, político, pintor o arquitecto, con la complicidad de su madre mal que me pese. A fin de cuentas, también él ha tenido que cargar conmigo y con mis circunstancias. Me tendrá cerca, incondicional,  pero….. ¿Será capaz de hacer lo mismo conmigo?

Mis amigas me preguntan por qué no viajo en tren; se extrañan del empeño absurdo de autobús y metro. El caso es que no sé cómo contárselo. ¿Le pongo un poco de humor? Todavía no puedo, aunque ya voy elaborándolo.

Esperaré a que se me pase el disgusto y mañana….ya veremos.

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Bibliografía:

Como escribir relatos y novelas. Arancha Apellániz

http://www.patrimonionacional.es/medio-natural/monte-de-el-pardo

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