Relato: Divagaciones

La felicidad escribe páginas en blanco y por eso dejo mi página de hoy así, en blanco, como la de ayer y la de hace tantos días, quizá meses, para que Ella escriba lo que quiera. Bastante tengo yo con aguantar esta mente atormentada.

Y así llevo casi un año. Me levanto con las palabras en la cabeza seguramente porque me hago más mayor, más dispersa y me cuesta cada vez más concentrarme.

Por las mañanas

la vida se aparece

como si nada

Una noche de insomnio compuse un haiku, cinco, siete, cinco, aunque no se lo enseñé a nadie. Creo que leí algo de Benedetti y me sedujo.

¡Qué bien he dormido hoy! Y qué a gusto he remoloneado dejando a la mente sin bozal ni correa. Ella hace lo que quiere. Nadie le manda. Me empieza a gustar verla funcionar de reojo. Las imágenes y las palabras que elige ya no me afectan tanto. Y eso es un alivio. Poder observar lo que sucede como una película es lo mejor que me ha pasado porque a veces tomo nota y a veces no….la dejo estar. Si respondiera a todo lo que pasa por esa azotea tumultuosa seguro que me complico la vida.

¿Qué puedo hacer? Ella tiene sus razones y yo no puedo ceder a sus razones todo el tiempo. Solo escucho, observo y trato de ser empática. Comprenderla pero no bajar la guardia.

Tampoco puedo olvidar mi cuerpo cansado. Solo soy plenamente consciente de él cuando estoy con mis hijos, tan jóvenes, tan apresurados, con esa energía tan desbordante, que me siento realmente mayor.

Estoy sola luchando con las escaleras. Mi hija apenas pisó esta casa. El cambio la descolocó. Aquí no tenía recuerdos, ni infancia. No lo pudo digerir, supongo que es normal. Ahora lo recuerdo sin dolor pero entonces la veía tan necesitada de protección y a mí misma también, claro, que me angustiaba mucho su decisión de irse a un piso con amigas a los pocos meses de marcharse  su padre para siempre. Mi hijo me acompañó en la pena, fue mi consuelo y aguantó como pudo el tirón… pero hace tiempo que felizmente, eligió su camino.

Las separaciones afectan a tantas áreas de nuestras vidas que cuesta mucho asimilar todos esos cambios. Han pasado veinte años y todavía observo cómo mi mente revive esos momentos. Lo observo y lo dejo pasar porque solo me causa dolor. Mis años de convivencia, amor y desamor, han dejado huellas que se refrescan con los día de lluvia. Es para toda la vida, dijeron. Y es cierto. ¡Hay tantas cosas para toda la vida….! ¡tu vida es para toda la vida! Observo los pensamientos y podría decir que tengo un pensamiento para él y otro para nosotros, nuestros niños que ya no son, nuestra casa y nuestro jardín.

Vaya, otra vez Ella por aquí con sus divagaciones solitarias. Y yo le digo, el pasado… pasado está y el futuro no invita a más aventuras y me acuerdo de Benedetti:

Hay pocas cosas                                                          

tan ensordecedoras                                            

como el silencio

Y tan incapacitante como la sensación de impotencia o la burbuja a punto de estallar en el pecho cuando te invade el miedo y no puedes hacer nada contra las arrugas, la enfermedad, la soledad, la culpa, contra la falta de pasión, de perspectivas o de ilusiones, contra las agresiones de la vida.

Y es mejor no caer en ese abatimiento que tan bien expresan algunos  poetas y que han vivido todos los humanos a lo largo de todos los siglos y lugares,  porque no es justo. Mi vida es cómoda, afectuosa, civilizada y desearía que otros la tuvieran y pudieran disfrutar de la seguridad que yo tengo.

Me siento orgullosa de vivir en el primer mundo y ser hija, niña, estudiante, trabajadora, mujer, madre, amiga, amante. Y ahora tengo que disfrutar de mi vida tal como es. El problema es que vivo y pienso hacia el futuro y eso tiene sus desventajas a los sesenta y muchos.

Y Ella sigue y sigue….. por eso intento manejar ese runrún constante, dejándola hacer, dándole un espacio propio. Aprender por fin a  dejar ir los pensamientos y disfrutar de momentos de ilusión, como cuando imagino y anticipo que me visitan los nietos y charlan y ríen sin parar, o cuando me animo a dar un paseo y me abandono al paisaje o cuando hablo con mi terapeuta y van encajando las piezas del puzzle en mi cabeza y en algún otro lugar escondido pero siempre presentido.

Y claro, lo que voy descubriendo es que cuando empieza el dolor de estómago o la opresión en el pecho, es porque me siento sola y huyo de la gente porque me sobresaltan los encuentros, me incomodan las palabras de los otros y me horroriza mostrar mis desacuerdos o temo sentirme herida. Pienso que no me querrán o pensarán que soy tonta e inútil. O tal vez es que no puedo liberarme del deseo de que la vida sea predecible y sin demasiadas dificultades. Mi psicóloga dice que eso es “angustia” y yo quiero salir de este estado que me paraliza. Y seguramente vendrá un tiempo mejor aunque ya no quede mucho tiempo.

Algo le  empuja a Ella a escribir estas divagaciones solitarias, pero  yo voy a cerrar la puerta a la pena, al remordimiento y a la auto compasión. Dejaré que el pasado entre como en una película. Pasó y ya no soy esa persona. Ella que piense y que escriba lo que quiera.

Ahora se me ocurre otro haiku,

Días de lluvia

 las nostalgias navegan 

 sobre los charcos

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Bibliografía

Como escribir relatos y novelas. Arancha Apellaniz

Mindfulness en la vida cotidiana. Jon kabat-Zinn

Vivir en el alma. Joan Garriga

Rincón de Haikus. Mario Benedetti

 

 

 

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