Relato: Ana

 

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Siempre estaba ahí. Nunca noté las ausencias

Mi abuela Ana era la única de mis abuelos que quise con un amor inmenso.

Era emprendedora,  conversadora, sociable y muy cariñosa. El pelo, que recogía en un moño con horquillas negras, le llegaba hasta la cintura. Siempre la conocí con ese peinado. Así la veo también en las fotografías.

Que su madre, viuda,  la casara a los 16 años fue traumático. Me contaba que esperaba a su marido en la puerta de su casa jugando a las muñecas con las amigas, con su primer bebé en la cestita, a su lado. Creció en los negocios y aprendió de sus iguales aunque le llevaran más de quince años. Se reveló  como una mujer inteligente, de buena memoria, con chispa, buen humor y observadora.

Para ella, estar acompañada era una delicia y respetar la libertad de las decisiones de sus once hijos, una obligación, aunque no compartiera sus ideas y adivinara el futuro incierto de sus actos en contra de sus opiniones.

El abuelo iba a buscar el ganado y las cosechas allá donde le ofrecieran los mejores precios y productos mientras ella lidiaba con empleados, cuentas, servicio, hijos, novios  y luego nueras, yernos y nietos. Cuarenta y dos nietos y biznietos cuando se despidió, a los 81 años, rodeada de toda su familia y del cura, tal como deseó los últimos años de su vida. Hay personas que tienen esa suerte o determinación, no sé. Me parece un misterio. Yo era la más joven de ese grupo familiar que participó en su despedida. Tenía 14 años. Lloré cuando nadie me pudo ver y entonces dejé de creer en Dios.

Era mi amor. Y siempre pensé que yo era única ante sus ojos,  su preferida. Así me sentía yo a pesar de la gran familia que llegó a formar. Y eso me salvó.

Mis padres me dejaron  a su cuidado con tres años,  en un pueblo de la Mancha y en una casa enorme llena de escondites y aventuras posibles, para viajar por esos mundos de Dios. Ese año fue decisivo para nuestro afecto. La casa, las huertas, los juegos, los primos, las tardes mientras dibujaba y ella hacía crucigramas o solitarios llenos de trampas o las charlas en la misma habitación cuando llegaba la hora de acostarse, son cosas que todavía  recuerdo con una claridad sorprendente.

Los viernes los dedicaba al aseo personal. Se bañaba, se arreglaba manos y pies y venían a peinarla. Yo me sentaba en el porche para mirar ese pelo larguísimo, ese aspecto luminoso y a veces, me dejaban deslizar el peine por su melena morena y perfumada.

Y ahora, que soy abuela también, disfruto con mis nietos como si fuera joven, reviviendo ese amor a estos seres preciosos y adorables. Ella, que era muy religiosa, creía en los ángeles. Yo que no tengo la suerte de creer, considero a mis nietos los auténticos ángeles de la felicidad  porque nos contagian con sus risas y su amor incondicional.

Mi hija lleva su nombre.

 

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